← medinamarquezp

El artesano que ya no talla cada línea

De pulsar Tab a dirigir agentes: la artesanía del software no ha desaparecido, se ha mudado del teclado al criterio.

Recuerdo la primera vez que pulsé Tab y apareció una función entera en mi editor. Me quedé mirando la pantalla unos segundos, entre el asombro y algo que entonces no supe nombrar. Hoy creo que era el primer aviso de una pérdida.

Quienes nos consideramos artesanos del software hemos pasado años puliendo nombres de variables, discutiendo arquitecturas frente a una pizarra y reescribiendo funciones hasta que se leían solas. Para nosotros, el código limpio nunca fue solo una norma de estilo: era una forma de respeto hacia quien lo leería después, aunque ese alguien fuéramos nosotros mismos seis meses más tarde.

En muy poco tiempo, esa forma de trabajar ha cambiado de raíz. Y no solo han cambiado las herramientas. Hemos cambiado nosotros.

Del Tab al chat

Tuve la suerte de probar GitHub Copilot durante su preview técnica, allá por 2021, cuando era gratis para todos. Escribías el nombre de una función o un comentario y la herramienta adivinaba el resto. Parecía magia. Te ahorraba el código repetitivo y, de vez en cuando, te sorprendía resolviendo algo complejo mejor de lo que tú habías imaginado.

Pero el cincel seguía en nuestra mano. Nosotros decidíamos la estructura, el diseño y el porqué de cada pieza. Copilot solo nos ayudaba a afilarlo.

Después llegó Cursor, y con él un salto que entonces parecía enorme. Ya no se trataba de terminar frases: teníamos un pequeño chat que entendía el contexto del proyecto y proponía cambios pensando en el conjunto. Por primera vez, la herramienta tenía opinión sobre nuestro código.

Recuerdo aplicar aquellas sugerencias poco a poco, revisando cada línea, con cierto miedo a que ensuciaran una base de código que tanto había costado mantener limpia. Aceptaba la ayuda, sí, pero nada entraba en el taller sin pasar antes por mis manos.

De tallar a dirigir

Hoy mi día a día se parece poco a aquello. Abro la terminal, lanzo varios agentes con herdr y reparto el trabajo: uno escribe tests, otro refactoriza un módulo, un tercero persigue un error que llevaba días escondido. Muchas veces ni siquiera trabajan en el mismo proyecto. Las skills se aseguran de que respeten nuestras pautas y de que cada proyecto no pierda coherencia. Mientras tanto, yo intento pensar en otra cosa hasta que suena la campana: uno de ellos me necesita. Suelto lo que tenía en la cabeza, cambio de contexto, reviso, corrijo y decido. Y vuelvo a empezar con el siguiente aviso. Ya no tallo cada línea; dirijo a quienes las tallan.

Y funciona. Llego más lejos y más rápido de lo que habría imaginado hace unos años. Pero al cerrar la terminal, a veces me cuesta recordar en qué problema me he sumergido de verdad. La concentración profunda, esa que te hacía perder la noción del tiempo frente a un solo bug, ahora se reparte en pequeñas dosis entre muchos frentes.

Y cuando la atención se reparte así, el listón baja sin que te des cuenta. Hay días en que acepto un cambio que hace unos años habría devuelto sin dudar. No porque esté mal, sino porque funciona y la campana ya ha vuelto a sonar. Ahí es donde el artesano que llevo dentro levanta la ceja: no por el cambio, sino por lo fácil que ha sido dejarlo pasar.

Sería fácil quedarse en la nostalgia, pero esta profesión nunca ha dejado de reinventarse, y resistirse al cambio no nos hará mejores. La artesanía no ha desaparecido: se ha mudado. Ya no vive solo en el teclado, sino en el criterio. En saber qué pedir, qué rechazar y cuándo «funciona» no significa «está bien hecho».

El informe DORA 2025 de Google lo resume bien: la IA no arregla un equipo, amplifica lo que ya hay. Los buenos hábitos se multiplican. Los malos, también. Por eso el alma del artesano importa hoy más que nunca. Lo que distingue a un buen desarrollador no es cuánto código produce, sino la calidad, la creatividad y el pensamiento crítico que pone en cada decisión.

Cada uno está haciendo este viaje a su manera. Hay quien lo ha abrazado sin mirar atrás y quien avanza con la misma cautela con la que yo aplicaba aquellas primeras sugerencias. Yo sigo intentando averiguar qué llevo en la mochila y qué he ido dejando por el camino sin darme cuenta. Quizás esa sea la pregunta que merece la pena hacerse de vez en cuando: no cuánto hemos cambiado, sino qué hemos decidido no perder.